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Suelten las amarras! y desplieguen las velas! A navegar el abismo

Gualichos


Jorge Dorio: Bueno, es una excusa esto del filtro, pero, en verdad, me parece que se merecen más la dedicatoria las personas que aman sin filtro. Quiero decir, aquellas personas… imagínese, digamos, un seductor al azar, vamos a ponerlo a ud. ¿Estaría conforme si obtuviese el fruto del amor a partir de un filtro determinado, de una poción? Algo dentro de ud. –por supuesto que accedería, inmediatamente no?- pero después de eso, sentiría que no fue una victoria propia, que hay algo de injusticia en todo eso. Me parece que a la hora de festejar algo, antes que festejar un filtro, mejor pensar en “la novia ausente” y quedarse con las ganas.
Alejandro Dolina: ¿Puedo lanzar un despacho en disidencia? A mí me parece que después de todo siempre se obtiene a la persona amada, se llega, se conecta uno con la persona amada, obtiene lo que uno busca con algún filtro. A veces es un gualicho preparado por una bruja, andá a saber qué mejunje, un tomate, por ejemplo, otras veces son unas palabras, otras veces una apariencia, y otras veces es uno mismo el filtro. “Yo soy –podría decir uno- mi propio gualicho”. Lo que señalo yo es la dificultad de establecer el punto donde termina la persona ¿Dónde termina? ¿En la piel?

Cuando me amé de verdad


Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y, entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre… autoestima.
Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es… autenticidad.
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama… madurez.
Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona, solo para alcanzar aquello que deseo, aun sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es…
respeto.
Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama… amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé, que eso es… simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la… humildad.
Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… plenitud.
Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es… saber vivir!
No debemos tener miedo de cuestionarnos… Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

Charles Chaplin.

Ética de la caricia.


No hay en el mundo criaturas tan inteligentes como las manos


La caricia no necesita partitura. Es improvisación pura. Busca sin encontrar, encuentra sin
buscar. Inventa y recrea el cuerpo que recorre. Traza su itinerario sobre la marcha. No
sabe de dónde viene ni hacia dónde se dirige. El suyo es un peregrinaje a tientas. La piel
embriagándose con la piel. Delirio mutuamente atizado.


La caricia no pretende descifrar ni penetrar arcanos. No es una forma de conocimiento –el
conocimiento siempre busca poseer, controlar–. Las manos no son cartógrafas: la
topografía del cuerpo les es indiferente. Las manos son simples merodeadoras
deslumbradas ante todo aquello que descubren. No aferran, no cavan surcos como el
arado sobre la tierra labrantía, no llenan de cercos el cuerpo del ser amado.


Las manos son caminantes cuya sed de belleza se redobla ante cada rincón en sombra,
cada textura, cada paraje que a ellas se ofrece. Y el cuerpo –siempre el mismo y siempre
diferente– se deja agradecido reinventar por ellas. Manos que constatan la sustancialidad
de aquello que acarician. Toda caricia esculpe, toda caricia dibuja y colorea, toda caricia
transforma el cuerpo en música viviente y estremecida.


Descubrimiento y desdoble. A través de la caricia el niño aprende el amor. Es ella la que
nos permite descubrir nuestro propio cuerpo, así como la terrible realidad que intuyera
Rimbaud: "Yo es otro". Al acariciarnos a nosotros mismos, debemos desdoblarnos y
descubrir con estupor la alteridad interna que nos escinde y fractura: esas manos que me
recorren: ¿son realmente mías?


¿Qué busca la caricia sobre el cuerpo del ser amado? Nada. Ni esto ni aquello ni lo otro,
aunque mil fetichismos así nos lo hagan creer. La caricia es errancia y gratuidad pura. Un
impromptu tan vagaroso como los de Schubert. ¿Un lenguaje? No lo sé. Kristeva la
hubiera sin duda asociado a lo semiótico materno. Un lenguaje funcional por cuanto
establece una relación con un objeto, pero carente de contenido referencial. Significante
sin significado. La caricia es simplemente un estar ahí.


La mano lee, huele, reconoce, platica, quiere maravillarse ante la alteridad de un cuerpo
que le es y le será siempre ajeno, y anidar en sus más tibias ensenadas. Mano
trashumante, mano migratoria que abandona un paraje cuando le place para ir en pos de
latitudes más acogedoras. Manos cóncavas, perfectamente adecuadas para desposar las
convexas superficies del cuerpo.


Toques al espíritu. Manos ávidas y tímidas a un tiempo, como deteniéndose a cada
momento en el umbral del placer. Tímidas porque en el fondo saben –no hay en el mundo
criaturas tan inteligentes como las manos– que nadie, salvo aquellos que han cerrado los
párpados y cruzado las manos de un cadáver, ha acariciado nunca un cuerpo que sea
solo eso: un cuerpo. A las manos las inhibe la sospecha de que su relación con el otro es
y será siempre primordialmente ética, no estética.


Nadie acaricia un cuerpo sin tocar un espíritu, un ser humano. Entonces las manos,
catadoras de la piel, se retraen nerviosamente, presas de terror sagrado. Tienen razón.
La epidermis no sabe de amor, de ética, de ternura. La epidermis solo conoce los halagos
y las cosquillas.


La mano que me acaricia no rinde homenaje a mi cuerpo. Yo no soy mi cuerpo. Las
manos buscan en este amasijo de carne y huesos algo que nunca van a encontrar en él.
Ellas lo saben. Por eso se desencantan y fatigan tan rápidamente.


Colección de retazos. Quien acaricia tan solo un rostro, un dorso, unos senos, evacua
todo lo que en ellos hay de soberanía humana, de integridad ética. La persona se evapora
tras los fragmentos de un cuerpo disgregado, desmembrado, hecho colección de retazos
más o menos gratificantes. Pero el fracaso de nuestras intrépidas navegantes no debe
sumirnos en el solipsismo y la melancolía. Allí donde las manos se cansan de errar, la
mirada, la sonrisa, la palabra, la música, la poesía y el gesto solidario vienen a tomar el
relevo en el eterno peregrinaje hacia el ser amado.

Jacques Sagot (pianista, escritor y comentarista costarricense).

Terranauta

Un día como cualquiera
te fuiste.
Podría haber llovido,
o podría estar claro el cielo,
te fuiste.
El planeta no te lloró demasiado,
te había preparado la partida.
Más yo, ingenua, no entendí
que debías seguir viaje.

Un día como cualquiera
volviste.
Aquí ente mis papeles arrugados,
bailando con las golondrinas
volviste.
Me cuesta reconocerte,
tu traje de aire y luz sólo lo ven
quienes tienen la valentía
de alzar los ojos y hacerlo.

Yo a veces no puedo.
No es que no quiera, entendeme.
Te pierdo cuando me quedo ciega,
pero sé que ahí estás.

Sólo me basta callarme,
y en cada silencio te aparecés.
Cantáme una vez más.


Para Zambhita, que por ahí anda.

Winschu Jaschek

"Yo no tengo la culpa". Roberto Arlt


Yo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una  en la que no se me elogia. Su autora, que debe ser una respetable anciana, me dice: 
"Usted era muy pibe cuando yo conocía a sus padres, y ya sé quién es usted a través de su Arlt". Es decir, que supone que yo no soy Roberto Arlt. Cosa que me está alarmando, o haciendo pensar en la necesidad de buscar un pseudónimo, pues ya el otro día recibí una carta de un lector de Martínez, que me preguntaba: "Dígame, ¿usted no es el señor Roberto Giusti, el concejal del Partido Socialista Independiente?" Ahora bien, con el debido respeto por el concejal , manifiesto que no; que yo no soy ni puedo ser Roberto Giusti, a lo más soy su tocayo, y más aún: si yo fuera concejal de un partido, de ningún modo escribiría notas, sino que me dedicaría a dormir truculentas siestas y a "acomodarme" con todos los que tuvieran necesidad de un voto para hacer una ordenanza que les diera millones. Y otras personas también ya me han preguntado: "¿Dígame, ese Arlt no es pseudónimo?". Y ustedes comprenden que no es cosa agradable andar demostrándole a la gente que una vocal y tres consonantes pueden ser un apellido. Yo no tengo la culpa que un señor ancestral, nacido vaya a saber en qué remota aldea de Germanía o Prusia, se llamara Arlt. No, yo no tengo la culpa. Tampoco puedo argüir que soy pariente de William Hart, como me preguntaba una lectora que le daba por la fotogenia y sus astros; mas tampoco me agrada que le pongan sambenitos a mi apellido, y le anden buscando tres pies. ¿No es, acaso, un apellido elegante, sustancioso, digno de un conde o de un barón? ¿No es un apellido digno de figurar en chapita de bronce en una locomotora o en una de esas máquinas raras, que ostentan el agregado de "Máquina polifacética de Arlt"? Bien: me agradaría a mí llamarme Ramón González o Justo Pérez. Nadie dudaría, entonces, de mi origen humano. Y no me preguntarían si soy Roberto Giusti, o ninguna lectora me escribiría, con mefistofélica sonrisa de máquina de escribir: "Ya sé quién es usted a través de su Arlt". Ya en la escuela, donde para dicha mía me expulsaban a cada momento, mi apellido comenzaba por darle dolor de cabeza a las  y maestras. Cuando mi  me llevaba a inscribir a un grado, la directora, torciendo la nariz, levantaba la cabeza, y decía: -¿Cómo se escribe "eso"? Mi madre, sin indignarse, volvía a dictar mi apellido. Entonces la directora, humanizándose, pues se encontraba ante un enigma, exclamaba: -¡Qué apellido más raro! ¿De qué país es? -Alemán. -¡Ah! Muy bien, muy bien. Yo soy gran admiradora del kaiser -agregaba la señorita. (¿Por qué todas las directoras serán "señoritas"?) En el grado comenzaba nuevamente el vía crucis. El maestro, examinándome, de mal talante, al llegar en la lista a mi nombre, decía: -Oiga usted, ¿cómo se pronuncia "eso"? ("Eso" era mi apellido.) Entonces, satisfecho de ponerlo en un apuro al pedagogo, le dictaba: -Arlt, cargando la voz en la ele. Y mi apellido, una vez aprendido, tuvo la virtud de quedarse en la memoria de todos los que lo pronunciaron, porque no ocurría barbaridad en el grado que inmediatamente no dijera el maestro: -Debe ser Arlt. Como ven ustedes, le había gustado el apellido y su musicalidad. Y a consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido, me echaban de los grados con una frecuencia alarmante. Y si mi madre iba a reclamar, antes de hablar, el director le decía: -Usted es la madre de Arlt. No; no señora. Su chico es insoportable. Y yo no era insoportable. Lo juro. El insoportable era el apellido. Y a consecuencia de él, mi progenitor me zurró numerosas veces la badana. Está escrito en la Cábala: "Tanto es arriba como abajo". Y yo creo que los cabalistas tuvieron razón. Tanto es antes como ahora. Y los líos que suscitaba mi apellido, cuando yo era un párvulo angelical, se producen ahora que tengo barbas y "veintiocho septiembres", como dice la que sabe quién soy yo "a través de su Arlt". Y a mí, me revienta esto. Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto Arlt.  es que preferiría llamarme Pierpont Morgan o Henry Ford o Edison o cualquier otro "eso", de esos; pero en la material imposibilidad de transformarme a mi gusto, opto por acostumbrarme a mi apellido y cavilar, a veces, quién fue el primer Arlt de una aldea de Germanía o de Prusia, y me digo: ¡Qué barbaridad habrá hecho ese antepasado ancestral para que lo llamaran Arlt! O, ¿quién fue el ciudadano, burgomaestre, alcalde o portaestandarte de una corporación burguesa, que se le ocurrió designarlo con estas inexpresivas cuatro letras a un señor que debía gastar barbas hasta la cintura y un rostro surcado de arrugas gruesas como culebras? Mas en la imposibilidad de aclarar estos misterios, he acabado por resignarme y aceptar que yo soy Arlt, de aquí hasta que me muera; cosa desagradable, pero irremediable. Y siendo Arlt no puedo ser Roberto Giusti, como me preguntaba un lector de Martínez, ni tampoco un anciano, como supone la simpática lectora que a los veinte años conoció a mis padres, cuando yo "era muy pibe". Esto me tienta a decirle: "Dios le dé cien años más, señora; pero yo no soy el que usted supone". En cuanto a llamarme así, insisto: Yo no tengo la culpa.